Damon Albarn | Rolling Stone Argentina – January 2000

Pequeña bestia pop.

Por Miguel Mora

Cansado de hacer giras, pero no de escribir canciones, Damon Albarn amenaza con no volver a salir a tocar con su grupo. Como incierto epitafio, el grupo inglés despidió el milenio con algunos shows por el sur de América y el interrogante abierto de un final casi anunciado.

“¿Cuántas entrevistas me quedan?. Suspendélas todas”. Damon Albarn vuelve al ataque con otro de sus imprevisibles cambios de humor.
Es sábado. Es su tercer día en la Argentina, Blur debe afrontar la tarea que a los músicos más les molesta durante las giras: dar reportajes. La mayoría de los medios busca notas con el cantante de ojos claros, y muchas de esas notas quedarán en el intento.
Ante el ruego de los responsables de su compañía discográfica, Albarn accede a un par de entrevistas con programas de televisión, nada más. El baterista Dave Rowntree y el guitarrista Graham Coxon se encargaron, juntos y por separado de atender a los cronistas que se quedaron sin chance de encontrarse con el líder.
Los niños mimados del brit-pop llegaron a Buenos Aires un jueves, luego de dar algunos conciertos en el Brasil, y aprovecharon el día para descansar. En realidad, ese mismo jueves tendrían que haber dado su único show en Chile… pero son ingleses y nadie que provenga de las islas británicas es bien venido allí desde que en el Reino Unido decidieron darle hospedaje obligatorio e indefinido a Pinochet. Para el grupo, el affaire no tuvo más relevancia que una presentación menos y una jornada más de reposo.
El viernes, los músicos se despertaron para cumplir con una rutinaria conferencia de prensa de treinta minutos en el Hard Rock Café y allí se separaron para dar algunas notas en radios. Todos menos Rowntree, que prefirió el refugio de su habitación. A las seis de la tarde, de regreso en el hotel, esperaron la hora de salida hacia el Luna Park para cumplir con el primero de los dos shows pautados. Lo de “cumplir” es literal.

El tipo está un poco molesto, pero lo disimula. Es el amanecer tras un show poco agitado. Damon Albarn se despertó hace un rato y muestra su espigada y soñolienta figura por el restaurante vacío del Sheraton Park Tower. Aparece sólo, unos veinte minutos más tarde de lo pautado. Es más alto de lo que parece, tiene barba de dos días y un corte de pelo que parece hecho a mordiscones. Su aspecto es bien de entrecasa: unas bermudas y una musculosa de red; un colgante dorado se destaca por su brillo impecable y por el rostro que reluce en él, el del Che Guevara en la inmortal foto de Alberto Korda. Un amigo había comprado el colgante – confeccionado en plástico – en La Habana, y a Damon le gustó tanto que lo mandó a rehacer en oro. (“En realidad no sé tanto del Che como debiera, pero me gusta lo que representa ideológicamente…” Rage Against The Machine jamás imaginaría dónde encontró un aliado.)
Es sábado al mediodía, y las opiniones se dividen. Mientras que par algunos la primera presentación del cuarteto inglés -durante la noche anterior- valió la pena, para la mayoría fue una decepción. La banda misma se incluye entre estos últimos. No sólo faltaron temas muy esperados como “Parklife” o “Country House”, sino que al grupo se lo notó desganado, como apenas cumpliendo con una obligación. Para ese primer show, los músicos evitaron probar sonido y en algunos momentos de la noche la “gaffe” se hizo evidente con horribles acoples. Para peor, el bajista Alex James sufrió imperiosos problemas estomacales. Esto obligó a la banda a retirarse del escenario luego de 40 minutos de canciones en tono apático… mientras James se dirigía con urgencia al fondo a la derecha. Una vez de regreso, y cuando el clima mejoraba con temas como “Girls & Boys” y “Song 2″, Blur le puso punto final a la velada. “Venir de tan lejos para que un concierto salga de esa manera deja un gusto muy amargo”, confesará Albarn más tarde, en un ataque de sinceridad.
Ahora saluda amablemente, toma asiento y se apodera de una botella de agua que alguien ordenó para él. Antes de comenzar la charla pide una espesa sopa de tomate y un sándwich de salmón ahumado que no llegará a tiempo.

– ¿Qué te pareció el show de anoche?”

-Estuvo bueno. Mi asistente me había dicho que el público acá es enloquecido y… bueno, lo de ayer no fue el caso. Estuvo bien, fue una experiencia de aprendizaje.

– ¿Lo tomás así?

– Sí. Sentí que… Nunca había tocado en Buenos Aires, y entonces me resulta difícil saber cuáles son las cosas a las que el público va a reaccionar mejor. En la mayoría de nuestros shows en Inglaterra incluimos temas que aparecen en los lados B de los simples, pero sé que no podemos hacer eso en otros lados. Siempre es una incógnita. De lo que estoy seguro es de que esta noche vamos a cambiar algunas canciones de la lista.

Luego de apenas dos preguntas y en menos de cinco minutos, Albarn cambia su postura diplomática del “todo bien” por la del hombre molesto por el desempeño de su banda en su primer show en Buenos Aires. Mutaron su humor y la expresión amable de su cara. Busca preguntas que no encuentra y trato de darle un consuelo.

– Las sillas no ayudaron demasiado. No siempre se ponen sillas en un espectáculo de rock…

-¡Cómo que “no siempre”! Nos dijeron que era un lugar exclusivamente con sillas, ¿estás seguro? ¡Que esta noche las saquen!. Un segundo; esperáme que ya vuelvo…

Sin darme cuenta, le he dado la excusa perfecta. Durante toda la tarde del sábado, Damon se aferrará a esas butacas como único descargo a la poca respuesta del show del viernes. Se lo comentará a su manager y provocará a la producción local para que las saque. Hasta amenazará con no tocar en el estadio si las sillas siguen en su lugar.
Albarn vuelve a la mesa con aire relajado y se repite en voz baja: ¿Quién pidió sillas?. Como si una fila de asientos justificara casi todo, su predisposición a responder preguntas es otra. Ahora busca con mayor tranquilidad los errores propios:“En algún aspecto, es medio frustrante saber que tenemos más de cien canciones que no podemos tocar realmente bien, y digo tocarlas bien, juntos, y no acertar para que la gente salga conforme. Sé que no es toda nuestra culpa, pero no me gustaría que hoy pasara lo mismo…”

– ¿Qué es lo que más odiás cuando estás en plena gira?

– No me gusta no tener tiempo par conocer las ciudades. Eso me parece terrible. Podría solucionarse con un par de días libres, pero las fechas de los shows complican esto. Me encantaría salir a conocer el centro de Buenos Aires, pero justo ahora viene la época de las fiestas de fin de año y prefiero volver a casa. Ese aspecto de las giras, entre otros, es medio decepcionante. Estuve en cuarenta y siete países y puedo decir que conozco sólo un par de ellos… y uno es Inglaterra. Cuando nos querían imponer en el mercado norteamericano, estábamos dando vueltas por los Estados Unidos y fue insoportable. Estar de gira ocho meses sobre doce, durante muchos años seguidos, se hace intolerable. Creo que con ese estilo de vida se pierde identidad. Encima soy de los que piensan que la mayoría de los medios norteamericanos son muy idiotas e infantiles; siempre en busca de lo frívolo. Todo tiene que tener un toque de rumor malicioso y estar rodeado de cocaína, y yo soy de los que prefieren la marihuana.

– ¿Ya pudiste probar la cosecha local?

– No todavía, pero probé en el Brasil y es fantástica. Mi recital ideal sería un show donde sólo tocara canciones de este último disco y pudiera estar fumando esa marihuana. Estar fumando marihuana mientras toco es fantástico. Esa sensación es la que más se acerca a lo que soy y a la música que quiero hacer en el futuro. Nada muy relacionado con el rock, sino con el alma.

-¿Cómo te llevás hoy con el resto de la banda?

-Ayer no fue un muy buen día para nosotros.

– ¿Sólo ayer?

– Sí, sí, fue un mal día. Lo bueno es que sé que eso hoy va despertar en vivo una actitud mucho más positiva. Somos como un matrimonio, con las mismas peleas y alegrías que una pareja común.

– Mencionás el matrimonio justo ahora que te convertiste en padre de una nena. ¿Cómo manejás la separación de tu familia cuando estás dando vueltas por el mundo?

– Extraño muchísimo. ¡Eso sí que te rompe el corazón!. Ves, ese tipo de cosas hacen todavía más frustrante venir de tan lejos para que un show salga como salió anoche. No quiero dejar a los fans con esa impresión. Con toda la expectativa que se deban haber hecho durante este tiempo, resulta muy injusto… Pero si volvemos a salir de gira, seguro llevaré a mi familia conmigo. Será algo muy diferente. En realidad, ya no deseo ir de gira; tengo una vida fantástica. En mi casa poseo un estudio para trabajar, un pub en el sótano. Tengo ganas de disfrutar de esas cosas.

Pese a que ninguno de sus integrantes lo formula abiertamente, el futuro de Blur está en duda. La relación entre ellos no pasa por el mejor momento.
Aunque todavía no llegaron al punto de no tolerarse, tampoco se les nota un espíritu de camaradería. Terminaron las entrevistas y es hora de ir a probar sonido. Por primera vez en el día, Alex James se encuentra con sus compañeros. A la espera del cantante, que fue a cambiarse, Dave Rowntree intenta -sin suerte- seducir a la fotógrafa de Rolling Stone. Los que ya fueron seducidos son los Super Ratones, quienes en un fugaz encuentro con sus colegas británicos, arreglan una salida nocturna y llevarlos al día siguiente al estadio de River para ver el clásico de la fecha contra Racing. Minutos antes de las cinco de la tarde, los músicos se suben a una van que los conduce hacia el Luna Park. A cien metros del hotel un semáforo se apiada de las veinte fans que alcanzan a rodear el vehículo que transporta al grupo; una de ellas logra burlar los vidrios polarizados y ubica a Damon en la ventanilla más alejada. Entre gritos y gestos, suplica que abra para una foto, un saludo, un autógrafo, algo. Con cara de compromiso, Albarn se limita a apoyar su mano sobre el vidrio.
Sobre el escenario, frente al estadio vacío, los cuatro músicos parecen disfrutar de sus vidas. Se ríen, improvisan temas y se ponen serios cuando detectan alguna falla. En una pausa, Rowntree divisa a nuestra fotógrafa entre las sillas vacías y vuelve al ataque: sin moverse de la batería, por intermedio de una asistente le envía a la dama una nota, que incluye una cortés invitación para después del show. Esta vez sus fracaso es definitivo. Repasan “Country House”, uno de los temas que tocarían esta noche y que no debió haber faltado en el anterior. No ensayan ninguno de los temas de “13″, el disco que vinieron a presentar. Ya los saben de memoria. Este sexto álbum los confirmó como un grupo sin miedo a experimentar y, para la crítica, es el mejor trabajo de la de Blur, Damon se atreve a discutirlo.

– No me parece que sea el mejor y ni siquiera creo haber hecho el mejor disco de Blur todavía. Estoy seguro de que puedo hacer un disco mucho mejor que 13. De todas formas, creo que hicimos un esfuerzo enorme con este álbum y eso me pone muy orgulloso.

Al escenarios llegan unas pizzas y, tras algunos temas más, Damon queda sólo con una guitarra acústica, ensayando canciones indescifrables y una pobre imitación de Bob Dylan. No cuesta imaginar al cantante en una futura situación similar, con una banda de apoyo. Para cualquier discográfica, el producto es atractivo: líder apuesto, de reconocido talento, proveniente de grupo de considerable éxito.

– ¿Sentiste alguna vez que la gente que te rodea haya querido explotar más tu imagen que tu música?

– He pasado toda mi vida como músico en constante confrontación con mi apariencia. Lo digo seriamente.

– ¿Cosas como “por qué no te afeitás”?

– ¡Claro!. Si sos inteligente, hay momentos en los que ser apuesto puede resultar fastidioso; la gente no te toma tan seriamente. No es que me queje, es algo estupendo, aunque en el pasado mi compañía usaba mi cara y es poco lo que podés hacer al respecto.

Sobre la mesa que nos separa hay un ejemplar del número de noviembre de Rolling Stone, Damon se detiene ante la foto de Marilyn Manson y comenta: “Brian sabe bastante sobre imagen. Ese tipo sí que sabe como explotarla. Su música no me atrae para nada, es muy ruidosa, pero su imagen está muy bien, aunque ahora no está tan lejos de Siggy Stardust… Pero lo que causa mucha gracia es que su verdadero nombre sea Brian”… y se ríe como no lo hizo durante toda la tarde.
El Albarn versión solista ya dio sus primeros pasos componiendo música para películas. “Es un trabajo muy difícil pero lo disfruto mucho. Me lleva cerca de dos meses completos y durante ese lapso me encierro en el estudio. Es algo que realmente me gusta. Ahora estoy muy metido en los dibujos animados. Me encantan las cosas visuales; no hay nada mejor que combinar tu música con lo que transmiten las imágenes”. Sin embargo, confiesa, él casi nunca va al cine. No tiene tiempo. Para ponerse al día alquila videos y, para disfrutarlos de la mejor manera posible, se compró un enorme televisor que ocupa la mayor parte del living de su casa.

– ¿Estás de acuerdo con aquellos que dicen que hay que sufrir para escribir las mejores canciones?

– Sí, creo que es cierto. Pienso que la música requiere del uso del alma, y desafortunadamente no se llega al alma de una manera fácil. Hay que sufrir, es algo que tiene que suceder. Por distintos hechos muy profundos que ocurrieron en mi vida, como la separación de Justine (Frischmann, cantante de Elástica), lo único que me quedó de lo cual aferrarme fue la música. En ese momento hice la promesa de que nunca voy a dejar mi música.

– ¿Entonces cómo relacionás la felicidad con tus mejores canciones?

– Las mejores canciones que escribí están relacionadas con el enojo o la tristeza, pero, a la hora de grabarlas o tocarlas en vivo, esos sentimientos se transforman en algo más alegre.

El sufrimiento está directamente ligado con los primeros días del grupo. Después de mucho tiempo, Inglaterra volvía a poner en primer plano una camada de bandas exitosas que los periodistas etiquetaron como los brit-pop. Blur y Oasis fueron los puntales de aquella escena y los actores principales de una pelea que tenía la misma seriedad que un encuentro de catch. Para los medios que montaron el combate, se contaban allí los ingredientes necesarios para que cualquier puñetazo resultara atractivo: Blur, del distinguido condado de Essex, al sudeste de Londres, representaba a los chicos limpios, refinados, y elegantes; la banda de los hermanos Gallagher, de la industrializada ciudad de Manchester, era el grupito de rebeldes pendencieros, de origen bien humilde. Tras unos cuantos rounds de golpes certeros, Oasis se quedó con casi todo y Blur debió conformarse con los premios consuelo y el cartel de perdedores. “Por suerte, eso está bien terminado”, afirma Albarn con un resoplido. “Y fue una excelente estrategia para que Oasis vendiera más discos”, agrega con una sonrisa.

– ¿Cómo te sentiste envuelto en medio de una disputa ficticia?

– ¿Cómo me sentí? Imagináte que en cada bar, negocio o en la calle la gente te señale y relaciones con Oasis, para bien o para mal. No es muy agradable. Sé que en cierto sentido nos benefició; ya había aparecido nuestro primer disco y el desarrollo fue mucho más rápido de lo normal para un debut, pero no quiero pasar por eso otra vez. Lo tengo muy claro.

– ¿Y cómo te llevás con los miembros de Oasis?

– No nos llevamos. Son gente muy diferente. Ni siquiera vivimos en lugares cercanos. Ellos están en la revista Hello.

Y se acaba la hora de la segunda presentación de Blur en Buenos Aires. Las sillas siguen en su lugar y, a diferencia del día anterior, ninguna está vacía. Sin embargo, esta vez no será necesario utilizarlas como excusa: la banda sale a confirmar sus pergaminos. Excepto por unos mínimos cambios en la lista de temas, el set es casi el mismo del viernes. Pero la actitud es otra: el show resultará dinámico y entretenido.
Tras casi noventa minutos de canciones y el efectivo bloque final de “There’s No Other Way”, “Parklife”, “This Is A Low” y “Song 2″, Blur se despide del público y esta vez recibe efusivos aplausos. ¿Los últimos en vivo? A menos que Damon Albarn cambie de parecer, tal vez haya sido la primera y última presentación de Blur en Buenos Aires. Y, a pesar del juego de las sillas, valió la pena.

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